8 terroríficas leyendas (Bolivia)

Tiempo de lectura: Cerca de 9 minutos.

Bolivia, aquel país mediterráneo y colorido, un país celoso de su cultura. Guarda muchas historias que contar, entre ellas unas muy aterradoras que valen la pena conocer, las historias que de generación en generación fueron legadas por sus ancestros, las que atormentan a los caminantes en la noche, a los niños y a los adultos por igual.

El origen de estas muchas veces se remontan a tiempos pre hispánicos, los pueblos indígenas no los tomaban como seres malos, pero sí peligrosos. Son los habitantes del Mankapacha (el mundo de abajo), con cualidades duales. El catolicismo al llegar a América las despojó de su rostro benéfico ligándolas con lo diabólico.

Muchas de estas criaturas sólo salen a robar almas a las personas, se dice en el campo que tenemos más de un alma, que las mujeres tienen siete, y los hombres tres, así que ante tantas almas, que les roben una no afecta demasiado, aunque va disminuyendo hasta que al robarte la última mueres.

Estas son las 8 leyendas bolivianas que me parecieron más escalofriantes e interesantes a la vez, comencemos.

1. Lari Lari

Un zapateo en los techos y un rugido extraño alertan a la gente sobre la presencia del Lari Lari. Si nadie se manifiesta, el bicho —que se describe como un gato negro de espantoso rostro— entra en la casa buscando a un bebé solo o a un enfermo. De su maldad se sabe porque en el cuerpo sin vida de la víctima hay huellas de latigazos —”golpea con la cola”— y se dice que se robó el corazón. Los mineros lo ahuyentan detonando dinamita o petardos. Algunos le echan orines o carburo, pues el maléfico ser es muy sensible a los malos olores.

En la casa de los mineros siempre hay una caja de cohetillos para estas emergencias. Y las madres no dejan solo al niño chico. Si no hay remedio, colocan en la cabecera de su cama un cuchillo, una tijera o un chicote.

En el área rural, especialmente en Potosí, los comunarios acostumbran colocar las astas del toro en el techo de sus casas, pues el Lari Lari tiene miedo a encontrarse con este animal. Por eso prefiere los techos para andar.

Cuentan que en el cantón Rancho Grande, de la provincia potosina de Sud Chichas, el personaje llegó en una noche oscura buscando a su víctima, un niño que no había sido bautizado. Al saltar de un techo a otro se incrustó en el cuerno de un toro

tirado en un techo. Los comunarios, al escuchar los rugidos, salieron con palos y antorchas para matarlo, pero el Lari Lari empezó a llorar como un bebé. La dubitación de los campesinos fue aprovechada por el personaje para escapar. La comunidad optó entonces por colocar astas en todos los techos y, dicen, que desde esa vez el atacante no volvió.

2. Kari Kari

El identikit de este personaje es difícil pues las versiones sobre su aspecto son variadas y contradictorias. En lo que la gente coincide es en su figura humana solitaria, en su rostro escondido y en que anda por ahí robando grasa del cuerpo humano.

Para atacar, antes usaba un cuchillo y era tan hábil que dejaba una fina cicatriz a la altura del abdomen. La víctima caía enferma y, de no encontrarse el origen de su debilidad, llegaba a morir. Hoy se sigue temiendo al Kari Kari. Se afirma que trabaja en los minibuses, aprovechando a los trasnochados que se quedan dormidos. Con una jeringa extrae la preciada grasa.

El tratamiento salvador consiste, se cree en el área rural, en reemplazar la grasa con la de una oveja negra. También hay versiones sobre que el Kari Kari son varias personas: familiares de una víctima que buscan a otra para reemplazar lo robado.

El sueño de quienes ataca el Kari Kari no es normal. Éste lo provoca soplando un polvo que está hecho de huesos de muerto.

Sobre el destino de la grasa humana no hay seguridad. Unos dicen que se usa para hacer perfumes, otros sostienen que el atacante es un monje que usa el producto en extraños ritos. Los incrédulos se burlan comentando que es un tratamiento de liposucción gratuito.

3. Condenados

Son muertos que no pueden descansar y que vagan entre los vivos. Estos seres son muchos y tienen distintas historias. En general, son personas que en vida traicionaron o fueron traicionadas, que murieron trágica e injustamente o que empeñaron su palabra y no llegaron a honrarla.

La radio y la prensa explotaron alguna vez, y con gran éxito, a los condenados. Una estación en idioma aymara mantuvo en vilo a los escuchas, en la década de los 60, con la radionovela que se llamó El condenado del cementerio. Y la revista sensacionalista Alarma elevó a categoría de noticia la historia de La cholita condenada que la gente de Cochabamba reportó incluso haber visto en los pueblos.

Una de las historias habla de dos enamorados: Margarita y Tomás. Ella trabajaba en la ciudad y él llegaba cada domingo del campo para visitarla. Ambos se prometieron matrimonio, pero de pronto él faltó a las citas y ella, luego de llorar, le maldijo. Pasados unos meses, una noche alguien parecido a Tomás se acercó a Margarita pero no la miró. Sólo le dijo “Devuélveme mi palabra”. Ella viajó al pueblo para averiguar qué pasaba y allí se enteró de que él había muerto atropellado varios domingos atrás. Asustada, acudió a la iglesia y el cura le aconsejó que si él volvía, le citara en el templo y que llevara una flor y un pañuelo blancos. Así ocurrió. Al acercársele el condenado, ella le entregó los objetos diciéndole: “Te devuelvo tu promesa”. Entonces la figura se metió bajo tierra con un suspiro.

4. Duende

Es otro de los personajes que tiene distintas historias. Uniendo versiones se puede decir que es un hombrecillo de escasa estatura cubierto por un enorme sombrero. Su presencia es común en todo el territorio.

La misión del Duende es robarse a los niños —algunos añaden que sólo a los no bautizados. En el oriente dicen que a los más bonitos—. Los padres deben escuchar a sus hijos cuando éstos hablan de amiguitos inexistentes. Hay adultos que reportan haberlo visto: su mirada intensa, desde profundos y rojos ojos, paraliza al más osado.

Los niños salvados de sus garras no son normales, se advierte, pues “se vuelven loquitos” y tienen la mirada extraviada.

En Pando se dice que los hombrecillos llevan a los pequeños agraciados a la selva. En Santa Cruz se lo imagina desnudo bajo su gran sombrero. Su presencia se advierte cuando el pelo de los caballos aparece trenzado.

5. Wawa

Los choferes cuentan esta historia. En las carreteras oscuras se suele escuchar el llanto de un bebé. Naturalmente, la reacción es buscar el origen. De pronto, tirado en el piso está lo que parece un niño envuelto. Uno se asoma y encuentra que el rostro es el de un adulto deforme. Quien lo mira de cerca puede morir si no sangra (este elemento se repite mucho frente a otros seres de horror).

En los centros mineros se llamaba la wawa con bigotes y era el terror de los serenos, pues con sólo escuchar su llanto hubo quienes trataron de suicidarse. Por los años 70, en el campamento de Santa Ana, de la empresa Quechisla, un sereno nuevo escuchó el llanto, se acercó hasta la orilla del estanque de agua copagira, alzó el bulto y lo llevó a su caseta. Bajo la luz pudo ver una cara sonriente, con dientes y bigotes. Enloqueció.

6. Almas en pena

“En la noche no hay que caminar callado”, se recomienda. De lo contrario se corre el riesgo de chocar con un alma. Los vivos se dan cuenta porque sangran por la nariz. Otros han muerto y entonces el alma llora: “Debías cantar, debías silbar. Ahora, por tu culpa, voy a seguir penando”.

Otro tipo de alma en pena es aquella que pide ayuda a los vivos. Una historia grafica esto: Un hacendado del valle viajaba en su caballo y vio una figura bajo un árbol. Se alarmó cuando su caballo se negó a avanzar y el perro se agazapó asustado. Al llegar a la casa pidió a sus jóvenes hijos que le acompañen. La abuela les enseñó la siguiente fórmula para comunicarse: “Si eres alma de este mundo, te perdono; si eres del otro mundo, que Dios te perdone”. La respuesta del espectro fue señalar a lo alto del árbol. Venciendo el miedo, uno de los hijos subió y encontró un nido hecho de cabellos. Sólo cuando lo quemaron, el alma se marchó. Por eso, en el campo no se dispersa el pelo, pues en él está una parte de cada ser.

7. Calle Jaén

Esta leyenda no tiene que ver con algún ser, sino con un lugar en el que aseguran que hay demasiada actividad paranormal. Se cuentan distintas historias pero todas con el factor de ser en este mismo lugar.

Uno de ellos es Pedro Domingo Murillo, héroe de la independencia boliviana, que tiene un museo en su honor, en la mencionada calle. Muchas personas que caminan por ahí, en medio de la oscuridad nocturna, afirman que han sido perseguidas por la cabeza de Murillo, esta emite algunos quejidos dolosos y parece querer comunicarse con los asustados transeúntes, que corren llenos de terror para escapar de aquella cabeza flotante.

Se dice también que la calle Jaén está llena de duendes, pequeños hombrecitos que disfrutan de hacer travesuras y divertirse a costa de los que por ahí circulan. Se pueden recibir de ellos empujones, zancadillas, robo de pertenencias, pero; nada tan aterrador como escuchar sus risas y burlas después de que han saltado de repente desde algún rincón oscuro de la calle, arrancando sustos a más de uno.

Estos pequeños horrendos pellizcos que cualquier niño que transite por esa calle recibe.

Se encuentra también en esta calle la extraña presencia de una mujer vestida de luto, que se aparece ante los caminantes después de caído el sol, llorando la desafortunada muerte de su marido y rogando que alguien la acompañe y la escuche.

Aunque este espectro parezca inofensivo, en realidad no lo es; pues si no ha bastado con el susto de verla aparecer de la nada llena de quejidos.

Se debe tener cuidado y no dejarse tomar por ella, pues estira el brazo, aparentemente buscando consuelo, pero su verdadera intención es tomar al desdichado que se ha cruzado en su camino y no soltarlo jamás, se lo lleva lentamente hacia el mas allá, llorando y gimoteando, para ser el que escuche sus penas, por toda una eternidad.

8. La Curiosa

Cuenta esta leyenda popular, que había una chica llamada Leticia cuyos padres eran buenos, su padre artesano y su madre muy creyente. Ella rezaba todos los días a la virgen para que libre a su hija del pecado de la curiosidad y el chisme, ya que Leticia pasaba todo el día posada junto a la ventana superior observándolo todo.

La gente se sentía espiada y lo peor era que cuando descrubría algo se lo contaba a todo el mundo. Una noche como de costumbre se hallaba observando desde la ventana y vio a un hombre misterioso medio perdido, mirando en todas direcciones, ella le gritó desde la ventana preguntando si estaba buscando a alguien, el hombre respondió afirmativamente. Ella le dijo que se acerque a la puerta, ella bajaría para atenderlo mejor.

Al abrirle la puerta resultó que se trataba de un hombre de apariencia agradable, alto y muy educado. Ella como siempre curiosa lo acosaba con preguntas, el hombre respondía amablemente pero de una manera en la que al final no respondía nada. Esto incomodaba a Leticia, ya cuando estaba por reventar el hombre le dijo que si no tenía problemas le podía guardar dos rollos de papel, que en unos días volvería por ellos. Leticia aceptó.

Al día siguiente, como siempre sin contener su boca anduvo contando con todo el mundo la extraña visita recibida, pero nadie le creyó. Así que decidió mostrar los rollos que le había dejado como prueba, sin embargo se llevó una gran sorpresa al descubrir que se habían convertido en huesos humanos, similares a la tibia con un apestoso olor a muerte. Esto enfermó gravemente a Leticia, quien no pudo ser salvada por ninguna medicina casera y murió a los pocos días.

Días más tarde volvió el hombre por sus rollos, pero al hallarlos convertidos en huesos quiso llevarse el alma de Leticia, cosa que nunca pudo hacer ya que su alma había muerto poco antes.

Se trataba de la visita del diablo que aprovechaba la gran curiosidad de la muchacha para cobrar algo que ella no podría devolver, los dos rollos de papel.

1 comentario de “8 terroríficas leyendas (Bolivia)”

Deja un comentario